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09 noviembre 2009

Las lecciones del viejo

Se pone el abrigo, toma a su nieto y decide llevarlo al parque. Ese viejo amoroso de pelo albo, sonrisa estática y mirada reflexiva, vestido con una camisa del mismo resplandor de sus cabellos, pantalón de color oscuro y los cómodos zapatos negros que su hijo le regaló. Su mano derecha es sujetada por la inmaculada mano de su nieto, pero éstas pierden el contacto de aquellas viejas manos cuando el niño corre en dirección donde las palomas disfrutan su banquete. El viejo camina hacia un banco, como si quisiera estampar sus pisadas, balanceándose en cada paso. Cuando por fin llega, se acomoda sobre el cemento y su sonrisa se vuelve magnificente al ver a su nieto saltar sobre los adoquines, su mente se sumerge en recuerdos de niñez y adolescencia, el Pequeño Fer, recuerda, como todos le llamaban. Por un instante siente el deseo de regresar varias décadas atrás pero, es imposible, se dice para sí, después de todo no me gustaría cambiar nada, pues cada uno de mis errores, fueron en realidad lecciones aprendidas que moldearon mi identidad, hasta convertirme en lo que ahora soy. Mira los adoquines sobre los que su nieto saltaba y siente el rígido cemento bajo su trasero, mira cómo los recuerdos acuden a su mente y siente un aroma a nostalgia, mira y siente la añoranza.

Recuerdo muchas travesuras que hice cuando era un chaval, continuó con su memoria, las bromas que les gasté a mis amigos y cada uno de los castigos que recibí por ellas; también recuerdo las veces que le grité a mi madre, el día que le quité la peluca al director, cuando les amarraba las cintas de los zapatos a mis compañeros mientras escribían, cuando le puse sal al café del tío Tony y las chicas con las que anduve sin que en realidad me gustaran y las engañaba con chicas mucho más bonitas. Pero no, meditó, nada que pueda recordar se compara con haber defraudado a mi Gloria, bueno, en realidad no llegué a consumar y de haber sucedido me hubiese defraudado a mí mismo, rectificó y continuó, cuánta alegría siento haber aprendido muchas lecciones en mi vida, es por ello que no me arrepiento de mis fallas, porque dejaron energía renovadora. Así, si a mi edad tengo que pasar por momentos en que me termine equivocando, sé perfectamente que de todos los problemas, los errores y fracasos puedo aprender, continuó muy inspirado, he sabido escuchar una voz, aquella sabia voz me ha ayudado a comprender mejor el hilo de mis dudas y decepciones, lentamente el viejo comenzó a abrir más y más sus ojos pardos, la voz de mi interior me ha advertido cuando no estaba haciendo lo que debería hacer para obtener resultados exitosos, su corazón comenzó a palpitar como una locomotora, ¿¡qué he estado haciendo entonces!?, si en casi todos los casos he estado consciente de mis actos y aun así me he dejado llevar por mi... ¡bendito ego, caprichoso! me envenenas y me haces dañar a la gente que amo... ¿por qué sigo escuchándote? cerraré tu bullicio con la delicada voz del interior que me ayuda, me advierte, el viejo tenía una sonrisa tonta y la mirada fijamente hacia donde había estado su nieto saltando, ¡eso!, ¡eso es!, no tengo por qué dejar entrar los caprichos, no tengo por qué permitirme dañar a alguien para sacar una lección provechosa, si de hay lecciones de sucesos, tienen que haberlas de prevenciones, es decir, ¡puedo aprender mis lecciones aun cuando he evitado los fracasos!, ¡por supuesto!, es que he programado mi vida para aprender después y no antes...

—Disculpe señor.
El viejo muy sumido en su fascinación, no atendió al llamado de una bella dama.
—Señor. Disculpe —insistió.
—¿Eh?, ¿sí? —contestó entre la confusión de regresar su atención al parque.
—¿No es ese su nieto? —dijo la mujer, señalando la fuente—, lleva ratos allí empapado, asustando y arrojándole agua a la gente que pasa distraída.
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30 junio 2009

Me nació del corazón

Las gotas de lluvia golpeaban el techo de las casas, una mañana de mucho frío que había provocado que los niños no quisieran ir a la escuela, pero que en la mayoría de los casos las madres les recordaron sus responsabilidades como hijos y estudiantes responsables, seguro a algunos de manera menos pacífica que otros.
¿A qué hora piensas levantarte? ¡Irma! Ya tienes media hora de retraso, para el tiempo que te tardas en alistarte grita la madre de Irma golpeando la puerta de su hija.
Mamá, hace frío y hay tormenta replica Irma.
Ya no voy a insistir más, pero no quiero que después me vayan a llamar de la escuela para hablar conmigo de tus faltas, ya no quiero que me hagas pasar mas vergüenzas. ¡Sino vas ya verás lo que te espera!
Irma sabía que su madre era capaz de hacer casi cualquier cosa para impedir que le tildaran de madre irresponsable, pues es como los vecinos y los padres de los compañeros de su hija le llamaban.
El frío y el ruido de la lluvia provocan un efecto de canción de cuna para Irma, quien en su somnolencia le pedía a Dios que detuviera el tiempo para dormir placenteramente y que su madre no siguiera interrumpiendo tal acto angelical.
¡Irma! gritaba la madre y en cada grito parecía que se quedaba sin aire—. ¿No me oíste? ¡Creo que hablé claro!
Luego del último grito de su madre, se levantó de un salto y se metió al baño, saliendo casi inmediatamente de él limpia, con más brillo que el de su sonrisa y en un santiamén, ya estaba en el comedor desayunando junto a su madre, que se había quedado boquiabierta de la extraña rapidez nunca antes vista de su hija.

Irma llegó a la escuela con los pies no muy empapados pero con sus piernas salpicadas de lodo, la lluvia había cedido su intensidad por un momento, en el que aprovechó para salir corriendo, a veces disminuía la velocidad para descansar un poco sosteniendo con fuerzas su paraguas. Al entrar a la escuela sacudió sus ropas y arregló su cabello, iba directo a su aula , ahora sus ojos brillaban más que su sonrisa, la que mostraba cierto grado de nerviosismo, pero esta niña de cabello oscuro y piel clara, íntegramente fulguraba esperanza. Lástima que cuando cruzó la puerta del aula, ésta esperanza desvaneció de golpe.
Hacía dos semanas que había conquistado el corazón de Germán, el niño nuevo, del que se enamoró desde el primer día de clases de ese año. Todos los días ella llegaba a la escuela con mucha emoción para ver a su novio, pero esa mañana fría él no estaba. Luego de la esperanza, llegó la desilusión por todo el esfuerzo hecho, y que al final, hubiese valido la pena quedarse durmiendo y desafiar a su madre.
—Buenos días Irma, pasa hija, no te quedes allí parada. Hoy, debido a la masiva inasistencia, abundan los pupitres dónde sentarse —exhorta el profesor a la desilusionada niña.
—Buenos días, con su permiso —responde ella cruzándose el aula hasta su pupitre.
Irma estuvo toda la mañana sin prestar atención en clases y con un alto grado de histeria. Por lo que una de sus amigas, quiso tomarse la tarea de animarle y apaciguarle el torbellino que se notaba en sus ojos: ella era Karen, una niña altruista, que muchas veces en el pasado había intentado animar a su amiga Irma cada vez que entraba en momentos de histeria, pero solo obtenía resultados infructuosos.

A media mañana, cuando Karen se disponía a hablar con su amiga, verle en el mismo estado le sugería ya no proceder de igual modo esta vez. Justo en ese momento el profesor pasó a su lado y le detuvo instantáneamente.
—Señor Pimentel.
—Hola Karen, en qué puedo servirte —contestó cortésmente.
Karen quería efusivamente ayudar a su amiga y pensó que pedirle orientación a su profesor sería lo ideal. Le explicó detalle a detalle de la situación y después de contarle las tantas veces que había intentado animar a Irma, le dijo:
—He hablado tantas veces con ella... he insistido mucho diciéndole que no debe ponerse así y menos cuando las cosas no valen la pena —explicó compasivamente a su profesor—, es más, considero que nada vale la pena para ponerse tan histérico.
—Entiendo, tienes mucha razón. Lo que has hecho está muy bien; aunque, sabes, ya no puedes seguir insistiendo, afablemente intentaste hacer que reflexionara y lo demás corre por su propia cuenta.
—Pero, yo no quiero verle así —insistió—. Ya me cansé de que siga en lo mismo todo el tiempo.
—Eres muy bondadosa —dijo el profesor sonriendo—, tu actitud es de digna admiración. Voy a hacerte una pregunta: ¿Quién te dijo que ayudaras a tu amiga?
—Nadie lo hizo —contestó, con su rostro figurando extrañeza en la pregunta.
—Muy bien, ¿quién te enseñó o de quién aprendiste a preocuparte por lo demás?
—Mis padres —dijo extrañada por las preguntas y sin saber exactamente qué responder—, supongo. Lo he aprendido de sus consejos.
—Cuando te aconsejaban, ¿te obligaban a actuar de la manera en que te sugerían?
—No —afirmó con plena seguridad.
—Si nadie te ha obligado, ¿por qué insistes en comportarte así con tu amiga? ¿por qué insistes en ayudarle, tratando de que actúe como tú quieres? —continuó preguntando el profesor.
—Porque me nació del corazón. Porque me da mucha tristeza verle mal.
El profesor con una sonrisa paternal, miró los ojos de Karen, en los que se observaba una luz que indicaba que la niña había comenzado a comprender.
—Entonces... es, es ella quien debe sentir la necesidad de mejorar la situación —se aventuró a conjeturar—. Por eso es que ya no puedo hacer más nada. Así como yo recibí orientación y decidí aceptarla, es ella quien debe sentir la necesidad de mejorar su situación —recalcó—. ¿Verdad?
—¡Precisamente!, y no solo le bastará con sentir la necesidad de mejorar la situación: deberá actuar.
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22 junio 2009

El pequeño Mateo

Una hermosa mañana de verano, Adalberto disfrutaba de la playa con su familia. Después de muchos meses de arduo trabajo, la estancia en la playa era más que merecida, estaban muy alegres. Su familia estaba complacida, porque si Adalberto no pudiera salir de paseo, ellos tampoco lo harían. Así que el clima playero era para todos una experiencia gratificante.

A media mañana, a los hijos se les antojó comer helados y le pidieron a su padre. Adalberto con gusto les dijo que los conseguiría, por lo que caminó en busca de ellos. Al llegar al primer rancho donde vendían una variedad de artículos y comida marina, le preguntó a la señora al frente de la tienda:

—¿Vende usted helados?
—Sí.
—Puede vend…
—Pero se terminaron —interrumpió la señora—, acabo de vender el último.
—¡Oh! Pues, ¿sabe dónde puedo conseguirlos?
—Donde doña Victoria.
—Eh… ¿dónde vive ella? —preguntó Adalberto.
—Mejor voy a llamar a uno de mis hijos para que le acompañe —contestó la señora al notar que se encontraba frente a un turista.

Pocos segundos después que la señora gritara el nombre de uno de sus hijos, salió el niño y se dirigió hacia su madre, quien le dio instrucciones de llevar a Adalberto hasta el rancho de doña Victoria. El niño era el hijo menor de la señora, un chaval de unos trece años. Al ver al niño, a Adalberto le pareció un chico muy listo y simpático, notó que vestía una camisa y unos cortos sucios, descalzo.

En el camino se le antojó a Adalberto que podría tener una amena conversación con el peque, por lo que sonriente le miró y le dijo:

—¿Cómo te llamas?
—Mateo.
—¿Cuántos años tienes Mateo?
—Once, ya voy a cumplir doce —respondió el niño rebosante de vivacidad.
—Oh, así que ya has aprendido mucho en la escuela.
—No voy a la escuela —dijo Mateo, convirtiendo el comentario de Adalberto en una interrogación.
—Pero... ¿Por qué no vas a estudiar?
—Mi papá dice que no es necesario, que mejor debo aprender a trabajar. Y mi mamá me lleva todos los días a la iglesia.
—Me imagino que en la iglesia te enseñan muchas cosas, entonces —dijo Adalberto, esperando una respuesta positiva.
—Sí. Allí me enseñaron a leer la biblia.

Adalberto, como padre de dos hijos, se sitió triste de saber que un niño estaba creciendo sin educación. "Que el pequeño Mateo supiera leer no es suficiente", pensaba, mientras era guiado por el niño hasta el lugar donde aguardaban los helados.

—Mi mamá me dice que debo leer mucho la biblia —dijo el niño interrumpiendo los pensamientos de Adalberto— y hacer todo lo que allí diga, porque sino Dios me va a castigar.
—¿En verdad crees que eso es así?
—Es que si no nos portamos bien, nos vamos a ir al infierno —contestó en su inocencia.

En ese momento, Adalberto sintió que una enorme tristeza se apoderó de él. Se preguntaba "¿cómo es posible que una criatura inocente tenga ya este tipo de desinformación?".

—No hijo, Dios no te castiga, Dios siempre te da amor —contestó Adalberto, mirando al chaval con ojos tiernos de compasión.
—Ya llegamos. Aquí vive doña Victoria.

Luego que Adalberto comprara el encargo de sus hijos, partieron de regreso. Ya no sabía qué platicar con Mateo, porque su reciente conversación le había dejado triste. Esta vez, fue Mateo quien rompió el silencio.

—¿Señor, usted le tiene miedo al diablo?
—Por supuesto que no —Adalberto no podía creer lo que acababa de escuchar, no sabía que más añadir—. ¿Por qué me preguntas eso?, ¿acaso tú le tienes miedo?
—Yo si le tengo mucho miedo. A veces, cuando me voy a dormir, me da miedo la oscuridad, siento que él puede llegar.
—No Mateo. Los niños como tú son ángeles que reciben el amor de Dios constantemente, no te deja solo ni un segundo. Por eso no debes sentir miedo, porque siempre hay alguien que te está cuidando, ese es Dios —replicó Adalberto con voz paternal—. Mateo, ya casi llegamos a tu casa y quiero que no olvides que Dios está contigo siempre, ¿entendido?

Mateo se sentía confundido y se limitó a asentar con su cabeza. Llegaron a la casa de Mateo y Adalberto le sonrió, le extendió su mano y la estrecharon, luego agradeció a su madre por la ayuda y regresó al rancho donde estaba su familia. Desde aquél día, Adalberto se ha dedicado a dar a sus hijos, una enseñanza espiritual basada en el amor.
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26 abril 2009

Dianita en la ciudad

Dianita fantasea correr por el campo, disfrutar del aire fresco. Saltar entre la hierba y no temer a que el filo de la maleza hiera su tersa piel... Ella hecha a volar su imaginación desde la ventana del apartamento que su madre alquila, en el séptimo piso de uno de los edificios de la periferia de la capital. Cuando sale de su imaginación, nota que la lluvia ha arreciado, es de noche y ve las luces de la capital deseando estar en el campo contemplando las estrellas, después de unos días en la ciudad siente que ha perdido todo su espíritu contemplativo. Ha sido muy difícil para ella entender por qué tuvo que dejar el campo.

—Allá era muy feliz —le replicaba a su madre.

"Yo no quiero estar aquí", se decía a sí misma una y otra vez. Su madre siempre amorosa, la cogía entre sus brazos y le explicaba las dificultades por las que estaban pasando, que también le gustaba el campo, pero que ya no podían estar allí por la situación económica en que habían quedado luego de la separación de su padre, le instaba a que debía hacer nuevas amistades y aprender a aceptar las cosas como son con la misma felicidad con la que le caracterizaba en el campo.
Esa noche, Dianita se arropó muy bien para olvidarse del frío que atisbaba desde fuera y procuró dormir lo más placenteramente posible. No pasó mucho tiempo desde que se metió en la cama y se quedó en un profundo sueño. Esa noche soñó con el hermoso ángel que se le había presentado, también en sueños, cuando vivía aun en el campo.
Soñó que corría por el campo, pero de pronto, se apareció el ángel y con su luz se desvaneció el hermoso paisaje natural, apareciendo en su visión, una enorme ciudad en estado nocturno. Rascacielos en vez de montañas, lámparas en vez de estrellas, el ruido de coches en vez de grillos y ranas, anuncios publicitarios en vez de arbustos... La niña a pesar de ver al resplandeciente ángel, sintió frío, tristeza y temor. Sin embargo, el ángel estiró su brazo derecho y puso su mano extendida suavemente sobre la cabeza de la niña, entonces, ella dejó de sentirse insegura.

—Mi nombre es Luz del Equilibrio, estoy aquí porque tú me has llamado.
—Pero... yo no lo hice —contestó la niña.
—Claro que sí, yo estoy encargado de cuidarte y cada vez que tu esencia se sienta inestable por las emociones de tu cuerpo, ella me llama para ayudarte a equilibrar tu mente, cuerpo y alma —afirmó el ángel con un tono de ternura.

En ese momento Dianita y el ángel se sentaron en una banco de la plaza central de la capital. La niña se dispuso a escucharle con atención y olvidó por completo el ruido de la ciudad de tempranas horas de la noche.

—No me gusta estar en la ciudad y mi madre no me puede llevar de regreso al campo —dijo la niña como prólogo a la explicación del ángel.
—Es por eso que estoy aquí, darte otro punto de vista, porque eres una niña muy despierta y necesitas mantener tu mente abierta —contestó Luz del Equilibrio—. Sabes, hay personas que deben vivir en el campo y otras en la ciudad, algunos se desempeñan como agricultores y otros como abogados, para ponerte un ejemplo preciso. Todos y cada uno de ellos son piezas fundamentales para nuestro universo, no importa dónde estén, no importa lo que parezcan ser, lo que importa es la misión importante que cada uno tiene y que no sería lo mismo si estuvieran en distintos lugares. Tú tienes un motivo de estar ahora en la ciudad, debes aprender a disfrutar de ello y actuar según el momento y las condiciones.

La niña escuchaba con firme atención, el ángel estaba ayudando a mantenerla tranquila y que se quedara en ese estado. Entonces, Luz del Equilibrio continuó con una parte muy importante:

—Tú tienes un propósito de estar aquí ahora y no te voy a decir cuál es. No es porque no quiera, sino porque sencillamente no lo sé, ya que ese propósito será formado por ti misma. Así que no creas que todo lo que va a pasar ya está escrito, como lo han creído muchas personas desde hace miles de años, pueden haber ciertos pronósticos, pero cualquier conjetura está sujeta a cambio. Recuerda lo que te enseñé sobre paz y libertad, así mismo busca la felicidad en tu interior, no importa dónde te encuentres, no importa lo que poseas, estar feliz depende de ti misma. Todo tiene un objetivo, encuentra tu misión.

El ángel se levantó y se puso frente a ella susurrando:

—Observa las señales —dicho esto, le besó su frente y desapareció de su vista junto a la ciudad nocturna y se descubrió sentada sobre una piedra en el campo.

A la mañana siguiente, se despertó sonriente, abrió la ventana y le dio mucho gusto contemplar los primeros rayos solares, en la lejanía escuchó cantar a unos pajaritos, lo que hizo aumentar su sonrisa. Corrió hacia la habitación de su madre, pero la sorprendió en la cocina, se lanzó hacia ella son los brazos abiertos, apretándola con mucha fuerza. La madre se sitió feliz de ver a su hija en ese estado anímico y le dijo:

—Te hice unos panqueques y compré el jarabe de arce que tanto te gusta.
—¡Sí, qué rico!
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22 marzo 2009

Dianita en el campo

Dianita corre por el campo, disfruta del aire fresco. Salta entre la hierba y no teme a que el filo de la maleza le hiera su tersa piel. Para Dianita el mundo es alegría, ha escuchado que la gente habla de miedos y tristezas, pero ella considera que están equivocados, que dicen eso porque quizá no conocen la alegría y amor verdaderos, ya que solo piensan en sí mismos y no se permiten contemplar con asombro lo que les rodea.

La graciosa Dianita de piel blanca y rosadas mejillas, corría directo hacia el río para observar cómo beben agua los venados y esperar para cuando ellos se vayan, poder ir a recolectar las piedras más bonitas y así terminar de construir el caminito de la entrada de su casa.

Todo tiene significado para ella, está muy conectada a todo lo que le rodea. Cuando se pasea por las verdes colinas, siente esperanza; si va al río, entiende que su espíritu es como esas aguas que van hacia mar; el camino de piedritas que construyó, le recuerda a la búsqueda de la paz interior; el aire fresco del campo, es la energía vital que nos anima; el canto de los pajaritos, es como un llamado a la unidad entre especies y el compromiso que tenemos los humanos de ayudar a los menos evolucionados.

Al oscurecer, Dianita corre de regreso a su casa con las piedras que recolectó. Corre con el ímpetu de la libertad, en el campo es feliz porque allí es libre. Corre y sonríe al recordar una conversación que tuvo con su amiguito Luis.

—Dichosa tú, que puedes salir a jugar cuando quieres y aunque llegues con tu ropa sucia tu madre no se enfada —se lamentó Luis.
—Pero muchas veces hemos salido a jugar juntos... —replicó Dianita.
—No hemos salido muchas veces —interrumpió su amigo—, porque siempre me mandan a trabajar, tenemos once años y a nuestra edad lo normal es que nos la pasemos jugando y aprendiendo en la escuela. Yo solo quiero ser libre...

Entonces Dianita interrumpió.

—Entiendo tu posición, porque cuando no me sentía a gusto también me decía "Quiero ser libre", hasta que descubrí que soy libre —afirma—. Una noche, cuando dormía, soñé que un ángel me decía que la libertad verdadera no se experimenta con plenitud en nuestro mundo, porque siempre está influenciado por otras personas que no han aprendido a vivir en paz. Me dijo que la verdadera libertad se experimenta en nuestro interior y que desde allí podemos dar paz y libertad a nuestro mundo. Al final me susurró tres veces: "Busca en tu interior".
—No entiendo qué puede significar todo eso —respondió Luis, muy confundido.
—Yo tampoco entendí —contestó la perspicaz niña—, hasta que un día que mi madre me reprendió y yo no me disgusté con ella como lo solía hacer, noté que tanto ella como yo asimilamos ese momento con más rapidez y yo me di cuenta que no tenía por qué estar enojada con ella, ya que tenía mucha razón de haberme reprendido. Desde entonces sé que la paz viene del interior, que si queremos vivir en paz no tenemos que esperar de lo que ocurre a nuestro alrededor, sino de nosotros mismos y así como me lo dijo el ángel en sueños, se aplica también a la libertad.
—Eso me ha dejado un poco confundido y no parece que sea una cosa fácil.
—No parece fácil —contestó Dianita—, pero cuando lo has intentado, cada vez cuesta menos. Y sabes, días después de poner ésto en práctica, soñé otra vez con el ángel y me dijo: "Has encontrado paz en tu interior, también has experimentado la libertad".
—Dianita, ¡ese ángel quizás es como un sabio! —Exclamó Luis con admiración.
—Y antes de despedirse me anunció: "Paz, libertad y aun hay mucho más".
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28 febrero 2009

Nuevo día, nueva oportunidad

Las dos cucarachas que comían de los residuos del sándwich de la noche anterior, se esconden entre las sombras de los objetos cercanos buscando su nido. Contiguo al plato de los residuos, hay otro de color azul oscuro, con algo que parece ser talcos que forman una línea junto a otro tanto desperdigado. En el suelo yacen colillas de cigarrillos, entre las que hay un papel enrollado, como si fuera una colilla más, pero no contiene nada, es sólo un cilindro de papel.
Suena la alarma, se escucha un profundo suspiro y estirando su brazo izquierdo totalmente tatuado con manchas de tigre, detiene aquel ruido agudo, sin embargo, es más agudo su dolor de cabeza y el malestar estomacal. Sin ningún ánimo por levantarse, se voltea recargando su peso sobre su costado derecho, frota la piel de su brazo que le da origen a su apodo: Tigre.

Cada mañana, cada amanecer, es una nueva oportunidad para levantar nuestros ánimos de aprender lecciones, es una nueva oportunidad de encarar las situaciones de la vida con optimismo, con aires de cambios positivos. Lástima que Tigre no ve esos horizontes, pues su perspectiva está limitada por sus ambiciosos deseos de poder, riqueza, drogas y todo lo que le de autoridad sobre los demás. El poder y la riqueza están muy bien, pero deben ser para el beneficio de los todos.

Sentado en la orilla de su cama, Tigre experimenta unos segundos de reflexión, lo mismo que le sucede cada mañana, su ser interior le llama. Confundido, intenta hacer caso a esa voz que le suplica un cambio de pensamiento, él agita su cabeza de un lado a otro con mucha rapidez queriendo ignorar. La voz vuelve a exhortar, le suplica un cambio de actitud, Tigre cree que la resaca, le hace escuchar tonterías. Insistente, la voz llama una vez más, le dice que reconozca que no solo es una persona más en el mundo, sino que es muy importante y que puede hacer la diferencia, que pude ser un ejemplo para los demás jóvenes que están siendo atacados por sus pensamientos egoístas. Ésta vez, se nota en Tigre una clara expresión de atención, como si por fin ha escuchado los llamados de su voz interior suplicante, su expresión es como de una persona analítica y pensativa, se levanta de la cama y dice en voz alta:
—Creo que necesito una cerveza.
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15 febrero 2009

Sexo a la San Valentín

Noche fría, el cielo despejado, las estrellas brillan a nuestro ritmo cardíaco, tu blusa entreabierta hace que brillen con más pasión. No sé cómo terminamos tan excitados en este descampado, lo que parecía ser una cena romántica con el tiempo medido, terminó siendo la escena de amor más erótica de mi vida.

Los dos temblamos de frío, pero no nos importa, a penas lo notamos. Los besos se tornan más fuertes, que hasta los dientes son ya partícipes. Las manos no saben dónde más tocar, porque han explorado todos los recovecos de nuestros agitados cuerpos. Incrementa la pasión, no obstante, la ropa quiere frenar toda caricia, y yo quisiera que se rompiera o desapareciera, para poder seguir poseyendo a mi amada.

Cuando por fin, nuestros cuerpos en ropa interior se confunden, pareciendo uno solo que se sacude a la luz de la luna llena, hay una breve pausa de estupor que inmediatamente se convierte en un enredo de deseos y lujuria, el momento en el que nos quitamos nuestra ropa más íntima y ponemos nuestras manos sobre nuestros genitales para cubrirlos, así disimular un poco el frío o la vergüenza. No sé cuál es el límite para la excitación, es que parece que no se detiene y sigue en aumento, sólo pienso en lo mucho que la amo y que lo sucedido hasta hoy, será para consolidar más nuestra relación.

Cuerpos gélidos, la pasión se acrecienta, abrasadora, noche fría, genitales candentes, el glacial capó se ha quedado congelado de soportar nuestros flamantes cuerpos sobre él (espero no estropear el coche de mi abuelo), ¡vaya noche! a simple vista no parece tan ambigua. Los besos comienzan a ser exploradores, quieren imitar a nuestras manos antes de quitarnos la ropa, pero los besos son más atrevidos, no quieren dejar ni una sola parte del cuerpo sin ser conquistada y ésto hace que algunos jadeos comiencen a ser también protagonistas. El vaivén del torrente sanguíneo llena los cuerpos cavernosos, el falo y el clítoris se llaman mutuamente, son atraídos, ya no pueden pasar distanciados ni un segundo más, ya no hay más preámbulo para copular. Se humectan. Y... se emparejan.
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